Tia mariaSeguro ustedes se preguntarán qué relación tiene el conflicto de tía María que viene provocando un clima hostil y conflictivo en la región de Islay con una institución como el matrimonio. Este artículo de opinión propone que existen muchos temas en común y sobre todo que las fórmulas que permiten el éxito en el matrimonio pueden ser aplicables en casos como este.

He seguido con interés los artículos que se han escrito recientemente sobre el conflicto de tía María y las soluciones propuestas. Estas en su gran mayoría tienen una perspectiva política y un alcance temporal orientado al presente y a la búsqueda de una solución inmediata. Me gustaría proponer una perspectiva cultural desde la antropología corporativa para analizar la situación y para ilustrar mi posición he escogido la relación de pareja en el matrimonio.

Mi primera reflexión es que existen conflictos que son connaturales a una situación y que no se pueden evitar, pero si se pueden abordar con un manejo adecuado y tratando de que las partes involucradas entiendan las posiciones. El objetivo ante estas situaciones es llegar a “administrar el conflicto” para en el mejor de los casos mitigarlo y transformarlo en una oportunidad de mejora de la relación. Un ejemplo ilustrativo, guardando las diferencias es el matrimonio, donde las partes conviven en un ambiente no exento de conflictos de diversa índole pero donde existe un compromiso celebrado voluntariamente por las personas involucradas que están seguras que dentro del matrimonio están mucho mejor que si siguieran siendo solteras. Para estos casos es aplicable un esquema de negociación “ganar-ganar” para las partes y que se aleja del esquema de negociación tradicional donde uno gana y el otro pierde.

¿Qué se necesita para que el matrimonio pueda tener éxito?, se requiere primero una etapa de conocimiento previo, un “enamoramiento” donde se conocen las personas, pueden experimentar largo tiempo juntos y llegar a confiar una en la otra. Hay que invertir tiempo y recursos (sacar a la novia a pasear, llevarla a comer, al cine, etc) que demandan un esfuerzo pero que van a cimentar la relación de largo plazo que se busca. No se trata de una aventura fugaz donde uno ofrece el oro y el moro por una noche de pasión y del olvido al día siguiente. Se estima que la inversión en tía maría asciende a US$1,400 millones de dólares, nos preguntamos cuanto de ese presupuesto se ha destinado a generar una etapa de “enamoramiento” que siente las bases del futuro matrimonio como tampoco ha ocurrido en otros casos similares (por los menos los niveles de pobreza de muchas provincias donde se desarrolla actividad minera parece confirmar esta premisa). Las empresas insisten en que no es su rol sacar a la pobreza a las comunidades aledañas a sus proyectos, sin embargo después de años de explotación minera y dividendos jugosos resulta penoso que los niveles de pobreza y desarrollo de las comunidades aledañas sigan paupérrimos. Los parientes de la pareja (gobiernos regionales y otros municipios locales) tienen su parte pero las empresas también una responsabilidad directa, porque se trata de la pareja (la comunidad) que la acompañará por el resto de sus días (vida del proyecto).

En un lenguaje de proyectos que implica la relación con una comunidad aledaña traduciría la etapa de enamoramiento en un trabajo serio donde la empresa hace un levantamiento de “actores” relevantes en la comunidad (autoridades formales e informales, líderes de opinión), pero donde también invierte tiempo y recursos en conocer a su futura “esposa”, ella está pasando hambre o tiene alguna dificultad económica, cuáles son sus familiares, sus problemas y virtudes, sus actividades económicas (ganadería, agricultura, etc), están todos sus familiares de acuerdo con el matrimonio o algunos se oponen (comuneros que por diferentes razones se oponen al proyecto), cuanto más tiempo dedique a esta etapa de enamoramiento mejor será para la relación futura.

¿Es el matrimonio una seguridad de que las partes se mantengan unidas para toda la vida? La realidad nos demuestra que no siempre funciona así, pero también que si ambas partes ponen de su parte para construir una relación y cumplen con sus obligaciones en el tiempo las posibilidades de que perduren son grandes. Se aplica lo mismo, hay que ir regando “el amor” de a poquitos, todos los días, con gestos, con muestras de cariño, con concesiones amorosas dentro de un marco de respeto y sobre todas las cosas siendo transparente en sus actos.

Cuando vengan las peleas de pareja en el tiempo habremos desarrollado canales y mecanismos de abordar ese conflicto sobre la base del entendimiento que el matrimonio es lo mejor para las partes, y aunque algunos parientes aún se opongan (no todos o la gran mayoría porque entonces la presión para el divorcio es muy grande). Recomendamos a la nueva pareja mudarse vivir juntos en un ambiente aunque pequeño pero propio, porque si nos mudamos a la casa de los papás de la novia (el estado o quien haga sus veces como autoridad), siempre tendrán la tentación de meterse cuando haya peleas que sólo les conciernen al matrimonio. Una cosa es dar apoyo a los hijos y otras meterse a decidir y tomar el rol que le corresponde a los esposos.

No existe norma que pueda obligar a dos personas a mantener una relación de matrimonio si las partes no lo desean, pero hay relaciones que funcionan como un matrimonio de hecho y que no necesitan un reconocimiento legal para funcionar. En nuestra tradición andina existe el “servinacuy” que no es otra cosa que la práctica de la convivencia. La convivencia se convierte en la base de la familia en muchas de nuestras comunidades andinas, entonces me pregunto si las empresas han sabido enamorar a las comunidades y dedicarles el tiempo necesario para conocerlas y atenderlas o sólo buscaron una aventura fugaz donde todo se reduce al momento y muchas veces es muy tarde para buscar soluciones que no se trabajaron en el tiempo y con la debida anticipación, generando una confianza mutua.

Muchas de nuestras empresas han entendido que se necesita invertir en la relación con la comunidad y están empezando a tener éxito en gestionar y administrar el conflicto (vuelvo a insistir que es imposible eliminarlo completamente en el tiempo), pero este esfuerzo les ha demandado tiempo y recursos. Otras empresas están empecinadas en tratar de imponer su derecho a una relación que no funciona de hecho.

Mi reflexión no pretende una solución inmediata a la problemática de tía María si no proponer un punto de vista diferente basado en la creación de relaciones y vínculos de largo plazo entre la empresa y la comunidad. Quienes deseen incorporar este enfoque deben tener un horizonte de futuro y estar dispuestos primero a invertir en la relación, a llegar a ser buenos enamorados para generar los cimientos de un matrimonio perdurable.