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“En su vida, un hombre puede cambiar de mujer, de partido político o de religión, pero no puede cambiar de equipo de futbol”

Eduardo Galeano

 

Acaba de terminar el partido de la final de fútbol en las recientes olimpiadas de Río de Janeiro en Brasil, el camarógrafo enfoca en el centro del campo a un Neymar que no puede contener el llanto y solo atina a taparse el rostro, dejándose embargar por la emoción. Inmediatamente las cámaras hacen un recorrido por las tribunas y se puede observar a la gente abrazada, saltando, bailando y llorando como si fueran hermanos. Atrás quedaron las protestas al inicio de los juegos olímpicos criticando las grandes sumas de dinero que se invirtieron en este evento deportivo a pesar de la grave crisis económica que sufre el país, también el descontento político por la entonces posible destitución de su presidenta que finalmente se cumplió recientemente.

En otra escena que recuerdo veo a un Messi cabizbajo y con la mirada extraviada porque acaba de fallar el tiro penal en la definición de Argentina con Chile de la última Copa América, uno de los errores que finalmente le costaría perder ese trascendental partido. Messi anunciaría pocas horas después que se retiraba de la selección argentina desatando una conmoción no sólo entre los hinchas argentinos sino también entre sus hinchas a nivel mundial. Esa noticia daba la vuelta al mundo y provocaba manifestaciones en las redes sociales a favor y en contra, incluso algunos personajes públicos argentinos hicieron llegar su mensaje de aliento solicitándole que regresara a los campos. A varias semanas y con un nuevo entrenador finalmente Messi decidió regresar a jugar por su selección habiendo repensando mejor su anterior decisión y por qué no pensar que también influido por esas espontáneas manifestaciones de miles de personas a nivel mundial.

No existe aún un deporte en el mundo y mucho menos en la región Latinoamericana que despierte tantas pasiones y genere sentimientos ambivalentes de alegría o tristeza, los mismos que son manifestados por toda una sociedad que en dos horas pone en vilo sus emociones alentando en las tribunas de un estadio o frente a un televisor. El fútbol ha llegado a influir en el estado de ánimo de los Latinoamericanos toda la vida y me imagino la alegría del gobierno militar de turno cuando la selección argentina levantó la copa del mundial de 1978 y por un momento pudo aplacar la grave crisis política y económica que vivía esa nación. Me imagino esa situación y por un momento puedo imaginar a militares y civiles, hombres de derecha o izquierda fundidos en un abrazo fraterno por que la albiceleste flameaba en los más alto.

Que tragedia se desató cuando Brasil pierde la final del mundial de 1950 con Uruguay, hubo hasta suicidios y estoy seguro que esa derrota impactó con más dolor en el pueblo brasilero que si hubiera perdido una guerra. Y es que al final el fútbol mueve elementos primitivos del hombre que se siente representado por esos guerreros que se van a enfrentar. El escritor Uruguayo Eduardo Galeano grafica muy bien la metáfora cuando describe el fútbol como un ritual de sublimación de la guerra donde once hombres de pantalón corto son la espada del barrio, la ciudad o la nación.

Quienes hemos tenido la oportunidad de vestir la camiseta humilde del barrio o del equipo del colegio recordamos cómo sentimos en ese momento la responsabilidad de representar a un grupo de personas y dejar la piel en la cancha. Esas emociones también son transmitidas hacia los espectadores que sienten por todo su ser recorrer una emoción muy grande al verse por un momento representado por esos jugadores. Además, en el fondo de nuestro ser tenemos la ilusión de vencer al rival, no importando si es más poderoso económicamente o más grande, porque al final en la cancha somos once contra once y cualquier cosa puede suceder.

El fútbol hoy en día mueve pasiones en los países de la región y se ha convertido con el tiempo en un fenómeno de masas que tiene un impacto social, el mismo que bien canalizado puede ser un elemento de desarrollo y bienestar social. También puede ser un catalizador de las angustias sociales y generar sentimientos de orgullo alrededor de un objetivo común como nación que simbólicamente es representado por un logro deportivo como impulso para logros mayores a nivel de país.