“La corrupción aquí y allá se disfraza de legalidad, la corrupción tiene nombre y se llama impunidad. La corrupción me ha tocado la puerta, mas no entrará, la corrupción me sonríe, pero yo le pongo cara de palo”

Borealara (seudónimo)

 

Estoy revisando rápidamente los últimos tuits que aparecen en la pantalla de mi celular. Desde hace un año aproximadamente, cuando el Departamento de Justicia y la Fiscalía Norteamericana dieron a conocer las confesiones de los principales directivos de una megaempresa brasilera envuelta en pagos de coimas, las noticias de corrupción giran en torno al ya famoso caso Odebrecht.

Odebrecht es el apellido de un inmigrante alemán que llegó a Brasil en 1,856 y cuyos descendientes construyeron un imperio de la construcción en Brasil y con una activa participación en grandes proyectos en toda Latinoamérica los últimos años. Hoy la historia de la lucha contra la corrupción es una antes y después del escándalo desatado a raíz de este caso porque incluye proyectos en once países de la región además de otras partes del mundo.

Lo curioso es que siempre se ha atribuido a la cultura latinoamericana y sus grandes proyectos de infraestructura cierta sospecha de corrupción. Se hablaba entre los empresarios que si se quería ser competitivo en este mercado había que entrar en el juego. Es decir que el pago de las campañas políticas, las comisiones arregladas con funcionarios de los comités de licitaciones y hasta las cuentas en paraísos fiscales no eran algo fuera de lo común. Se hablaba de que los grandes políticos estaban envueltos en estos arreglos pero muy pocas veces se podía probar su relación directa con los operadores y testaferros de turno.

Hoy en día ya no se trata sólo de sospechas o reglas informales que funcionaban bajo la mesa, sino que se ha comprobado que la corrupción llegaba hasta los más altos niveles de la política latinoamericana y debemos decir irónicamente que nunca tan democrática e inclusiva. Están involucrados desde presidentes hasta puestos burocráticos de menor monta, políticos de derecha, centro e izquierda por igual, empresarios ricos, alcaldes provinciales y distritales. Allí donde una autoridad tenía la facultad de licitar una obra con fondos públicos, llegaban los tentáculos de esta estructura exclusivamente creada para corromper y romper voluntades a cambio de un fajo de billetes o de cuentas en bancos internacionales exclusivos. Todo dependía del nivel del precio de la autoridad comprometida.

Nuestros países se encuentran en jaque y cercados por las denuncias. Ya no sabemos qué esperar al día siguiente y quien será el próximo personaje involucrado. Los ya famosos colaboradores eficaces han adquirido un protagonismo inesperado y de corruptores se han convertido en una especie de verdugos privilegiados que negocian con las esferas de poder de turno qué información soltar y cuál guardar a cambio de beneficios carcelarios y protección de su mal habida fortuna.

¿Y ahora quien podrá salvarnos? Era la frase que repetía las personas en aprietos antes de hacer su aparición el ya célebre “chapulin colorado”, héroe interpretado magistralmente por Roberto Gómez Bolaños de esa serie tragicómica que tanto éxito ha tenido en nuestra región por reflejar los roles culturales del barrio típico y sus personajes. Hoy añoramos que aparezca alguien y nos pueda salvar de esta situación difícil pero no existe héroe que pueda con tan titánica tarea.

Estamos en un proceso de desinfección de nuestra sociedad y este escándalo nos ha mostrado que la enfermedad tenía comprometida más órganos del cuerpo de los que pensábamos. ¿Estamos aún a tiempo de salvar al paciente o nos encontramos frente a una septicemia generalizada? Por ahora sólo tenemos dudas y pocas respuestas.

Hoy solo quiero repetir la letra de este poema que encontré en Internet y me hizo pensar que aún existe esperanza en nuestros pueblos…La corrupción me ha tocado la puerta, mas no entrará, la corrupción me sonríe, pero yo le pongo cara de palo…